Señor Director:
El estratega militar Basil Liddell Hart destacaba como uno de los principios fundamentales del arte de la guerra y la resolución de conflictos la necesidad de no repetir jamás una solución que se ha demostrado ineficaz o directamente perjudicial. En otras palabras, persistir en el error no es un signo de firmeza, sino de ceguera estratégica.
En política, este riesgo se acentúa especialmente tras una serie de victorias. El éxito repetido puede llevar al decisor a desarrollar rasgos narcisistas, despreciar consejos y creerse poseedor exclusivo de la verdad. Los antiguos romanos, conscientes de este peligro, colocaban durante el desfile triunfal a un esclavo detrás del general victorioso para que le susurrara constantemente al oído: “Recuerda que eres mortal”.
Tanto un general romano como un presidente de la República deben recordar la misma lección: son humanos. Luego de múltiples victorias puede sobrevenir la derrota. Napoleón Bonaparte ganó casi todas las batallas… y perdió el imperio. Su mayor error no fue Waterloo, sino el momento en que se creyó invencible. Esa patología —la grandiosidad desmedida y la hubris— ha destruido más gobiernos y economías que cualquier oposición.
Que esta lección de la historia sea recordada por quienes ejercen el poder para no caer en el mismo error.
Atentamente,